Pierdo el tiempo.

"Quiero hacer contigo lo que la primavera hace con los cerezos"

Lovers

Mostrando entradas con la etiqueta rabia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta rabia. Mostrar todas las entradas

martes, 25 de enero de 2011

Sexta escena, onceavo capítulo

-          Eh, Graciela.
  Ella se gira. Frunce el ceño.
-          ¿Cómo estás?
-          Bien, supongo – se extraña de que se haya acercado, se extraña de que le hable con normalidad cuando todavía no han arreglado nada desde la última discusión. Se siente algo incómoda.
-          Bueno, me alegro – silencio. Se pasa la mano por el pelo -. Ya me han contando lo que te ha pasado.
-          Pues vaya – su cara deja poco a la imaginación. Sigue bajando las escaleras.
-          Quería decirte que… si necesitas algo, no dudes en pedírmelo.
-          No seas ridículo, Chris. No hagas como que realmente te importa lo que ha pasado. No hace falta que actúes.
-          No lo estoy haciendo.
-          Venga ya; ambos sabemos que lo que quieres es quedar bien, saber más sobre el tema o aprovecharte de mí.
  No la retiene. Es él el que se queda parado, con los labios entreabiertos y dispuestos a decir algo pero sin encontrar palabras.
  La sigue con la mirada. La ve no mirar atrás, decidida e indignada. Entra en el corvette  rojo, que no tarda mucho más en arrancar y dejarlo allí.
  Claro que se siente ridículo. 

sábado, 27 de noviembre de 2010

Cuarta escena, décimo capítulo


Ella lo mira mientras se le escapa una carcajada. Mete la cuchara dentro del helado y se la lleva a la boca.
  Sí, nunca se había equivocado, es una de esas personas enormes, que te sorprenden cuando menos te lo esperas. Aunque a veces resulte detestable.
  No quiere pensar en Bruno pero es inevitable. Se pregunta si él habrá olvidado lo que se querían y todas las promesas hechas. De pronto, todo le parece ridículo; hasta ella misma se lo parece, por haber confiado en algo que en el fondo sabía que volvería a doler.
  Oh, el dolor parece esconderse cuando Andrew la mira como ahora, con los ojos brillando, con esa máscara de chico no le importa nada pero que, en el fondo, es el que más se preocupa.
  No sabe si es la película lo que la hace reír o simplemente las ansias que tenía de hacerlo.
-          Eh, comparte un poco de helado o te pondrás como una vaca – bromea.
-          Eres idiota.
  Tampoco sabe muy bien en que desembocará todo esto. No se ha olvidado de que la última vez que lo vio lo odió con toda su alma, que aún hay asperezas por limar.
-          ¿Por qué te has mudado?
-          No quería que me encontrases, así que huí.
-          En serio.
-          No me sentía bien con aquel tipo y mi amigo me ofreció algo mejor así que… no dudé en mudarme.
-          Entonces, no tienes intención de volver.
  Silencio. De pronto se pone serio.
-          No. Ni quiero hablar de eso.
-          ¿Por qué?
-          Me toca las narices.
-          Es injusto. Yo te he contado, prácticamente, toda mi vida. Me gustaría saber qué ha pasado con tu padre, cuál es la razón por la que no quieres volver.
  La película saca una escena graciosa que ven sin ver. Ninguno ríe. Él piensa. Ella espera.
-          Mi padre no me apoya, quiere que deje la música para ponerme a estudiar en serio. No entiende que él no es el dueño de mi vida, que yo puedo hacer lo que me dé la gana, que es lo que haré. Cree que lo necesito para sobrevivir, que no tengo de donde sacar el dinero. Es cierto que ahora el tema del dinero es más difícil pero me lo paga la tranquilidad de no tener que escuchar todo el tiempo que soy un inútil y que mi música se irá a la basura más temprano que tarde.
-          Quizás él sólo quiere asegurarse de que el día de mañana tengas un trabajo si tu música falla.
-          Él quiere que sea como él, Grace, y eso no es lo que espero de mi vida. No me importa el dinero, quiero hacer lo que me gusta y punto, quiero una vida feliz y no como la de él, hablando todo el tiempo de negocios; si lo que me gusta me da lo suficiente como para vivir, me conformo, claro que sería mucho mejor si ganase millones, no te miento, pero con poco también me conformo.
-          ¿Vas a dejar la universidad, entonces?
-          No lo sé. Depende de mi tiempo.
-          Pero, ¿por qué no quiere que toques si estudias al mismo tiempo?
-          Dice que no le gusta, que pierdo el tiempo, que lo que le dedico a la música podría dedicárselo a ayudarlo con la empresa o a aprender cómo funcionan las cosas en ella. Para mi padre nunca es suficiente – se para y la mira. Ella nota que es un tema doloroso para él -. Esta no es nuestra primera discusión, pero es la gota que ha colmado el vaso, me ha hecho elegir y he elegido.
  Ella se acerca un poco. Él deja caer la cabeza sobre su hombro, pensando.
-          Ha sido un mal golpe, ¿no?
-          Claro, es mi padre, al fin y al cabo, y me repatea que le den igual mis expectativas.
-          En el fondo, nos encontramos en la misma situación – sin darse cuenta, le coge la mano y se la aprieta -. Ambos hemos sido menospreciados. Y, ¿sabes? A mí me encanta tu música.
  Sonríe. Es la primera vez que lo ve sonreír de esa forma, como un niño. Incluso le parece emocionado. A ella se le contagia esa sonrisa dulcísima.
-          Lo que más odio es sentir que la gente menosprecia lo que hago. Me da igual que mi música no le guste a mi padre o a quien sea, quizás no es su estilo, pero otra cosa muy distinta es que la califique de mierda.
-          Nada que se haya hecho con cariño es mierda.
  No le suelta la mano. Se ven a los ojos unos segundos y luego él la rodea con los brazos y la acerca. Le da un beso en la frente y la despeina.
-          Al final puede que no seas tan cría.

sábado, 13 de noviembre de 2010

segunda escena, décimo capítulo


  Le echa azúcar, porque sabe que todo le gusta dulce. Coge la taza con cuidado de no quemarse y un par de esos pequeños croissants que vio que ella picoteaba hace no mucho. Parece que desaparece dentro de esa enorme manta, con la sudadera de él puesta que ha cambiado por su ropa chorreante. Parece frágil. Parece que si abre la ventana se la llevará el viento y ella ni siquiera dirá nada.
  Eleva los ojos cuando él se acerca; todavía están llenos de esa mezcla oscura de nostalgia, tristeza y rabia. Le tiende la taza y ella la coge con suavidad, luego él se sienta a su lado, sin decir nada, sólo mirándola. Le tiende los croissants pero los rechaza. El cuerpo de la chica vuelve a desaparecer dentro de la enorme manta y apenas se asoman sus manos blancas aferrando la taza como si de verdad pesara una tonelada.
  El helado y el alcohol lo dejarán para más tarde, cuando ella deje de temblar de frío.
-          Me gustaría saber qué ha pasado. Me siento un poco perdido.
  Tarda en contestar. Sus ojos miran hacia algún punto en el suelo. Bebe.
-          Es Bruno.
  No se huele nada bueno.
-          ¿Es ese chico moreno que te fue a recoger al salir de clase? – ella asiente con la cabeza. -  ¿Qué pasa? ¿Habéis discutido?
-          Sí. Pero él… - traga saliva como si fuese una tortura cada palabra que dice - se ha ido, de nuevo.
  La nota debilitarse, la nota temblar y no de frío, nota como pestañea muy rápido tal vez para aguantar las lágrimas, nota todo y comprende.
-          Se ha ido de nuevo – repite, como si no acabase de creerlo -. Se ha ido de nuevo sin importarle una mierda que pase conmigo. Y yo he vuelto a confiar en él. Yo sí que soy gilipollas.
  Su voz es un hilo a punto de romperse. No aguanta y tiene que abrazarla. Y ella hunde la cara entre su hombro y su cuello.
-          ¿Cómo ha sido capaz? ¿Cómo se ha atrevido a volver a hacerlo? Viene, descoloca todo lo que por fin había logrado ordenar y se larga. ¿Y yo qué? Yo me siento como una idiota. Debía haber supuesto algo así, pero no, las ganas de quererlo eran demasiado fuertes, ¿sabes? Ansiaba tanto sus besos, sus brazos, poder verlo sonreírme...
-          ¿Pero por qué se ha ido?
-          Porque decía que tenía que irse. Quería llevarme con él, que viviésemos juntos en cualquier sitio pero no comprende lo que yo tengo aquí, que este es mi sitio ahora y que vive en un sueño si cree que podemos vivir juntos; ¿de dónde sacaremos el dinero? ¿Quiere que deje de estudiar para trabajar? No, no entiende mis sueños ni mis ganas de vivir; él sólo entiende su propia opinión. Sigue siendo tan egoísta como cuando yo me fui.
  Le acaricia el pelo. Nota su respiración en su cuello cuando habla, en una sensación agradable.
-          Esto es ridículo, ni siquiera sabes de qué estoy hablando – ríe amargamente, de repente parece que ha crecido unos treinta años.
-          Explícamelo si quieres.
-          Es demasiado largo.
-          Tengo todo el tiempo del mundo.
  Ella se aparta un poco de él, pero sin acabar de romper el contacto. Lo mira a los ojos y los encuentra de verdad interesados, de verdad preocupados. Se sienta estúpida, estúpida y dolida.
  Deja la taza en la mesita y vuelve a acurrucarse en el sofá.
-          No sé por dónde empezar.
-          Por el principio, ya te he dicho que tengo tiempo.
  No sabe cómo pero le cuenta todo. Cada detalle, sintiendo todavía el dolor de las vivencias, cómo queman aún los recuerdos. Habla de Bruno, de todo lo que solían ser y hacer, de cómo gastaban las tardes juntos, de los juegos estúpidos y las discusiones que acababan con reconciliación, de la forma especial en que él le cogía la mano, de los paseos andando y en coche. Habla de la beca, de la oportunidad que suponía para ella estudiar en un sitio como en el que ahora está, de sueños cumplidos y de la decisión de separarse. Retoma el tema de Bruno, de cómo él se negó a separarse de ella, de que prefirió dejarla cuando supo que ella se marcharía, de que le dieron igual sus sueños. Y luego llega a sus padres, al accidente de coche, al funeral al que no asistió, a las lágrimas, la angustia, la ayuda de todos menos de Bruno; llega a la parte más difícil cuando el mundo se descolocó, cuando todo perdió el sentido y supo que era entonces cuando tenía que marcharse.
-          Y entonces llegué aquí y Víctor no dudó en hacer el papel de padre. Yo sentía que si llegase a desaparecer nadie se daría cuenta. Fue un golpe tras otro, y lo que más me dolió, hablando de Bruno, creo que no fue la ruptura, sino que no moviera un dedo por mí cuando lo pasé mal, que ni siquiera me mandase un mensaje ni le preguntase a nadie qué tal estaba – nota cómo la voz se le quiebra, cómo de verdad le duele; es desgarrador -. Yo habría estado para él si nuestros puestos se hubiesen intercambiado y fuese él el que pasara por algo así; habría sido la primera en ofrecerle una mano… y, sin embargo, él no hizo nada… nada.
  Ella no quiere mirarlo, baja la mirada como al principio.
  Andrew no sabe qué decir. Sólo siente una inmensa rabia por lo que él ha causado.
-          Y, de repente – prosigue la chica -, vuelve, como si nunca hubiese pasado nada. Yo voy y confío en él, y no pienso en las consecuencias, en lo que pasará después; y de nuevo golpe, de nuevo la misma historia que se repite. Soy idiota.
  Silencio. Las paredes ansían movimiento y ellos sólo se miran.
-          Es difícil no meter la pata en este momento – murmura él – pero, ¿sabes? Es el momento de poner la película y que te olvides de ese idiota. Carpe diem, la vida es corta, no pierdas el tiempo pensando en alguien que no ha pensado en ti cuando lo necesitabas.

sábado, 16 de octubre de 2010

Segunda escena, noveno capítulo

Claudia da media vuelta. Debería haberle preguntado si él sabe dónde está Graciela, que vuelve a no coger el teléfono. Lo busca por el resto del edificio y lo encuentra caminando hacia las puertas de salida, atento, mirando a los lados.
-          ¿Estás buscando a Graciela? – le pregunta.
-          ¿Y tú qué crees?  - no puede evitar mostrarse cabreado. Le repatea buscar para no encontrar.
-          No ha venido, no pierdas el tiempo.
-          ¿Le ha pasado algo? – suena de lo más preocupado.
-          No lo creo, o no quiero creerlo. Estos días ha faltado mucho y parecía que al principio no quería coger el teléfono... pero ahora es distinto, no quiero ser pesada, pero debería contestar a mis llamadas; además, hoy tenemos un examen importante, no es propio de ella faltar, ni siquiera ahora.
-          Espera, espera… ¿qué está pasando?
-          Es Bruno, su ex novio, ha venido a verla.
  Luego se encuentra golpeando el volante una, dos, tres veces. Apoya los codos y se pasa las manos por el pelo. Se siente ridículo, aunque no sabe por qué. Arranca y pone la música bastante alta. De repente ya no tiene ganas de disculparse, ni de buscarla, encontrarla y sonreírle.

domingo, 12 de septiembre de 2010

Primera escena, capítulo 7

  Está otra vez en su coche y otra vez se inunda de su olor. La ve de reojo, mira por la ventana, seguro que pensando. Él no sabe qué decir. La música es lo único que rompe el silencio. Le habría gustado que ella hablara a borbotones, como hacía cuando estaba emocionada, y le contara cómo va su vida, cómo marcha todo pero ella no habla, ni parece que vaya a hacerlo.
-          ¿Qué piensas? – le pregunta.
  Ella se encoje de hombros, simplemente. Él vuelve a quedarse sin qué decir.
-          ¿De verdad me echabas de menos? – contesta de pronto, sin mirarlo.
-          Claro – murmura y lo recorre una especie de remordimiento. Luego, algo lo empuja a contarle todo -, creo que me habría vuelto completamente loco de haberme quedado sin verte. Empezaba a encontrarte en todos sitios: en las canciones, en los bares, en la ropa de las chicas, en los cuadros, en cada película y cada historia que me contaban, en la playa, en los árboles, en las cajas de bombones, en los ramos de flores…; te habías convertido en una especie de espejismo que era incapaz de borrar, incluso… incluso podría pasar a catalogarte de “pesadilla” y no de “sueño”.
  Se para. La mira de reojo. Ella parece atenta, interesada, hasta conmovida; ha dejado de ver por la ventanilla. Le brillan los ojos, pero no hay lágrimas.
-          Un día desperté y sentí que tenía que hacer algo, así que, poco después, cogí el coche y me largué. Y ahora estoy aquí y me siento… madre mía, no sé cómo me siento. Te veo ahí, acribillándome con esos ojos, y es como si un bate de béisbol me golpease en el estómago. No me imaginaba que esto sería así.
-          Bruno, fuiste tú el que me hizo elegir y el que decía que la distancia hace el olvido. Mentiría si dijese que he parado de quererte o que yo no te he echado de menos. Hay algo dentro de mí que se debate entre la emoción de verte y el dolor de recordarte, pero creo que el dolor es lo que se sobrepone.
  Es ella quien se para esta vez. Él niega lentamente con la cabeza, dice un mudo “lo siento” porque no soporta pensar que le ha causado tanto daño como parece.
-          Me recuerdas que no te he superado – prosigue -, ni a ti ni a todos los recuerdos que traes. Has hecho añicos todo lo que había construido hasta ahora. ¿Y ahora qué? ¿Cómo tengo que actuar: he de tirarme a tus brazos o he de reprocharte lo que estás haciendo conmigo? Fíjate, estamos de nuevo en este mismo coche… discutiendo.
-          Sí, discutimos cuando las cosas podrían haberse solucionado, cuando ahora podríamos estar amándonos.
-          ¿Amándonos? ¿En dónde, Bruno, en dónde?
-          ¡En cualquier sitio!
-          ¡No! ¡No ahora! No cuando te importaron una mierda mis sueños, ¡mi vida entera! A mí también me habría gustado que las cosas hubiesen sido fáciles, sencillas, y que nunca hubiésemos tenido que separarnos porque no sabes, no tienes ni idea de lo que fue para mí dejarte… y todo lo que vino después.
-          Lo siento, siento haberte hecho elegir; siento todo el dolor que te he causado y siento… siento haberte dejado marchar sin hacer nada, rindiéndome. Perdona por haber sido egoísta pero es que eclipsas todo lo que pueda ver, llegó un momento en que la necesidad de tenerte era tan, tan grande que no entendía cómo podías dejarme allí plantado si es que tú sentías lo mismo; yo nunca habría podido alejarme de ti por voluntad propia.
  Para el coche. Ella mira la casa y luego sigue pensando por lo que él supone que debe de haber acertado con la dirección.
  Siente que sólo hay caos donde antes había un universo.
-          Esto es de locos… - se ha ablandado. Ya no puede discutir; es uno de esos momentos en los que la rabia la recorre pero a la vez siente que con sólo una caricia habría caído rendida. No quiere que le vea la cara – no puedes llegar y pretender encontrarte las cosas tal y como estaban cuando las dejaste, no puedes, Bruno.
  Y pasa. Entonces es cuando pasa, tal y como había previsto. Él le coge la mano por segunda vez. Ella siente que en su interior se blande una batalla y que ha perdido, todos sus esfuerzos se van por la borda.
  Pasa sin darse cuenta, como si la hubiesen teletransportado. No es consciente del error y a la vez se maldice a sí misma. No recuerda el sabor de sus labios y a la vez siente que nunca ha dejado de besarlos.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Capítulo 5

Se sorprende, de hecho, abre los ojos como platos. Chris. Su número llamando. No deja que el tono suene más de lo necesario, se apresura a descolgar. No tiene ni idea de qué es lo que querrá, si rectificar, si quizá se ha equivocado de número, si pretende reñirla.
- ¿Chris? – Es imposible contenerse. La sorpresa hace que quiera asegurarse de que es él.
- Sí, soy yo. Pero no digas nada, sólo escúchame. Tenemos que hablar. A las seis en ese café que te gusta tanto. No tardes, que te conozco.
Y cuelga, dejándola con un montón de preguntas en la punta de la lengua. Mira el teléfono durante un minuto, luego se levanta de la silla, apenas tiene tiempo para prepararse para la cita. Se pregunta si las palabras de Alex habrán hecho algún tipo de efecto.
Coge el autobús y casi llega a la hora. Se para delante de la puerta de cristal de la cafetería. Lo ve en una de las últimas mesas. No se da cuenta de que lo está observando. Entra. Él enseguida la encuentra, juguetea con algo entre sus manos. Ella no sabe si sonreír o no, se siente bastante confusa.
- Hola.
- Hola.
Se sienta enfrente. Corre uno de esos silencios incómodos. Está despeinado, algo inusual.
- Alex ha hablado conmigo – la mira a los ojos. Habla lentamente, escogiendo las palabras -. No sé muy bien qué me ha querido decir, ni lo que tú quieres, por eso me gustaría que me lo explicaras.
- Yo tampoco sé qué quieres decir. ¿A qué te refieres cuando dices «qué es lo quiero»?
- Me refiero a ti y a mí. ¿Qué es lo que quieres?
- Quiero paz, que seamos amigos.
- ¿Por qué te has acostado con Andrew?
- No me he acostado con él nunca. Traté de explicártelo, traté de explicároslo a todos pero nadie me cree. Puede que la verdad suene a excusa barata pero es la verdad y tú eliges creerla o no.
Él entrecierra los ojos, inspeccionándola. Resulta sospechoso que ella se ponga especialmente irritante cuando habla de Andrew, aunque él también sabe cuánto le indigna que no la crean cuando está diciendo algo que es cierto.
- ¿Te gusta esta situación? – Pregunta la chica.
- No, en absoluto. Eres importante para mí, eres distinta al resto – baja la mirada. Parece un poco avergonzado -. No sabes lo que me arrepiento de haberte pedido que te fueras, quizá aún seguiríamos juntos.
Ella balbucea. De confusa ha pasado a sentirse incómoda.
- No, lo nuestro habría acabado de todas formas, tarde o temprano, más temprano que tarde.
- ¿Por qué? Creí que me querías – suena duro.
- Querer es algo muy grande, Chris, no lo digas a la ligera. Te aprecio, me has ayudado muchísimo pero no puedo decir que te quiero. Esto ha dejado de tener sentido hace tiempo, no sé cuándo me he dado cuenta pero es así.
Parece indignado, muy indignado, a punto de estallar. Una mueca en su cara le da un aspecto extraño.
- Mentiste. Me mentiste siempre.
- No te he mentido nunca y no me hables así.
- Claro que sí. Vete a la mierda, Graciela.
- ¿Otra vez igual? ¿No querías que te lo explicara? Lo que a ti te pasa es que si no escuchas lo que quieres te enfadas, pero no puedes ir con esa actitud en la vida. Si no querías la verdad no me la hubieses pedido. Y el que se va a la mierda aquí eres tú.
Se levanta. Coge el bolso y ni siquiera paga. Echa humo. Le da una patada a una lata tirada en la calle. Se contiene para no patalear. Estará poniendo una cara horrible pero no le importa. Le saca de sus casillas que Chris se comporte de esa forma, le dan ganas de volver y darle una bofetada para que reaccione.
Claro que no lo quiere, mentir habría sido una gran equivocación, lo último que desea es jugar con los sentimientos de alguien. Y no, nunca le ha mentido, está segura de que sus labios sólo han pronunciado un “te quiero” para una persona y esa persona es Bruno.
La nostalgia le agarra el corazón y lo exprime una vez más. Las fuerzas parecen querer fallarle. Los pasos se vuelven más vulnerables, no tan seguros como cuando hace unos segundos estaban respaldados por la rabia. Bruno, las cosas no tienen sentido sin ti.
Coge el autobús y se deja caer en el asiento. Empieza a llover. Las gotitas chocan contra los cristales. La gente en la calle corre a resguardarse. Ella baja la cabeza y la hunde entre las manos, es uno de esos momentos en los que de repente uno pasa a encontrarse a un kilómetro por debajo del nivel del suelo, sin entender muy bien el por qué.
Claudia la consuela más tarde, sin entender también. Intenta sonsacarle algo más, pero ella siempre repite lo mismo. No sabe qué es lo que tiene que decir o hacer. Graciela parece abatida totalmente; ha parado de llorar pero su cara lo dice todo. Le pide que la deje sola, al principio, Claudia se niega pero después no puede resistirse a esos ojos suplicantes.
Graciela se queda sola un rato antes de que Víctor y los niños lleguen. Intenta contagiarse con la alegría de Sara y olvidarse una vez más.
•••
Lo ve. Sale de la casa riñendo, gritando. Su padre hace lo mismo. No entiende muy bien qué es lo que dice. Abre la ventana disimuladamente, aunque no cree que en esos momentos nadie se fije en ella. Nunca lo ha visto tan enfadado, ni punto de comparación con cuando la había “rescatado” la noche que Chris la había echado de casa. Se dirige hacia el coche, su padre se queda a mitad de camino pero sigue gritando, incluso más. Andrew le hace el corte de manga un segundo antes de entrar en el vehículo, dando un portazo.
Se pregunta el por qué. Aunque no supiese demasiado sobre su vida, sabe que él ha tenido algunos problemas con su padre, pero nunca algo parecido.
El coche arranca de forma brusca. El padre de Andrew se queda mirándolo durante varios segundos, después se vuelve y camina con decisión de vuelta a dentro de la casa. Casi lo puede escuchar murmurar por lo bajo.
- ¿Has visto eso? – Mateo no se molesta en llamar a la puerta antes de entrar. Le encantan los problemas, sobre todo cuando no lo incumben.
- ¿Sabes qué ha pasado? – De alguna manera extraña, se preocupa.
- No tengo ni idea, pero su padre parecía muy enfadado.
- ¿Has escuchado lo que se han dicho?
- Por encima, pero no lo tengo muy claro – ella le hace un gesto con la cabeza para que siga -: algo como que no quería volver a verlo.
- Vaya… ¿lo habrá echado de casa?
- Es posible, creo que no le gustaba que tocara en ese grupo.
- No creo que fuese por eso, me parece poco irrelevante.
Mateo se encoge de hombros. Mira su reloj caro y parece darse cuenta de la hora que es. Sin decir una palabra para despedirse, se marcha, hace mucho tiempo que ha dejado de ser educado, ni siquiera le interesa serlo.
Siempre se encuentra fuera de casa, ella no sabe cómo lo hace. No le importan los estudios, pero de alguna forma se las arregla para aprobar todas las asignaturas. La única afición que tiene es montar y desmontar cosas, lo que sea. También muestra especial interés en hacerse el duro, en fumar y en ligar con chicas.
Había conocido a Mateo cuando era un niño. Víctor y Lidia solían visitar a los padres de ella todos los veranos, en Navidades y, muchas veces, en la semana santa. Los recuerda desde que le alcanza la memoria. Sus padres confiaban en ellos como si se tratase de la familia, por eso quizá nadie había dudado que en su casa se encontraría mejor que bien.
•••
Coge el autobús. Saca la nota del bolsillo de sus vaqueros y la lee de nuevo, ya se lo sabe de memoria pero quiere asegurarse. Una calle. Una dirección. Un número. Vuelve a guardarla. Está un poco nerviosa, por alguna razón extraña. Ha anotado la información a escondidas cuando escuchó que Víctor lo decía. No quiere que nadie sepa a dónde va.
Su parada y se baja. Tiene que andar. Ordena en su cabeza qué es lo que dirá, aunque no lo tiene claro en absoluto. Entra en el edificio sin llamar al telefonillo, alguien ha dejado la puerta abierta. Piensa que tiene suerte.
Sube las escaleras y se para delante de la puerta. Las paredes son blancas, sin nada, sin vida. La luz es débil y se pregunta qué clase de gente vivirá en un lugar tan lúgubre.
Se peina el cabello y llama al timbre. La puerta es de madera clara, gastada, tanto como el felpudo bajo sus pies, que ya ha perdido toda la utilidad que antes tenía. Espera. No sabe en donde posar la mirada. La puerta se abre.
Un chico alto, con el pelo muy corto y con un piercing en la nariz y otro en la ceja la mira extrañado. No dice nada. Tiene el ceño fruncido y parece tan confundido como ella, que saca la nota de nuevo y la revisa. No se ha equivocado pero no es esa la clase de compañía con la que se relaciona Andrew, aunque, a estas alturas, ya no hay nada sobre él que pueda sorprenderla.
- ¿Quieres algo? – no se molesta en ser educado. La inspecciona de arriba a abajo. Tiene una mano aferrando la puerta aún y parece dispuesto a cerrarla en cualquier momento.
- Buscaba a Andrew. ¿Está aquí?
No contesta, en su lugar, grita el nombre del chico y la deja esperando, sin invitarla a pasar.
Escucha como una puerta se abre. Observa lo poco que ve de dentro de la casa: tiene tan poca vida como el resto del edificio, hay una silla y las paredes están pintadas de un color claro que no se sabe muy bien cuál es.
Andrew. También la mira extrañado. Entreabre la boca para decir algo pero luego se calla, no encuentra qué decir. Ella y el brillo de su cabello contrastan con las paredes mates. Está de mal humor. Le duele la cabeza.
- ¿Qué haces aquí? – casi es un susurro. Ella nota el tono amargo de su voz, algo totalmente inusual.
- Quería saber cómo estás.
- Estoy bien, gracias – intenta cerrar la puerta pero ella lo frena apoyando una mano. Hace fuerza pero él apenas se resiste, baja la mirada durante largos segundos y luego la vuelve a subir -. ¿Qué es lo que buscas con esto?
- Hablar.
Duda durante un tiempo pero luego se retira a un lado, dejándola pasar y haciéndole una señal con la cabeza para que lo siga.
Ella no se equivocaba, el apartamento carece de cualquier elemento decorativo, sólo hay lo básico. No puede evitar hacer comparaciones en una vivienda como esta y en la que vivía hacía apenas unos días.
La lleva a su habitación. Él se sienta en la cama y coge la guitarra que antes tocaba. Lo único que sabe hacer en momentos en lo que el resto no tiene sentido es tocar. No la invita a que se siente. Ella cierra la puerta, no le apetece que nadie escuche su conversación, y se sienta al lado de él.
- ¿Qué ha pasado exactamente? – le pregunta a Andrew.
- Creía que era la última persona de la que te preocupabas.
- Quiero hablar en serio, no me apetece bromear.
- Estoy hablando en serio.
El tono cortante, que no sea capaz de verla a los ojos… es como una invitación a que se vaya por donde ha venido.
- Tu padre te ha echado de casa – es una afirmación, no una pregunta.
No contesta, sigue con los acordes de la guitarra.
- Oye – prosigue ella -, si no tienes un lugar donde quedarte puedo buscar algo para ti, además, Víctor no tendría ningún problema en que te quedaras en casa.
- No quiero tu compasión, Grace. ¿Por qué no me dejas en paz?
- ¿Qué? Sólo intento ayudarte – empieza a enfadarse.
- Pues resulta que no quiero tu ayuda.
- ¿Siempre tienes que ser así?
- ¡Soy así! Y si no te gusta te largas, ni siquiera sé porque has venido, estoy harto de todo este teatrillo, si se tratase de cualquier otro momento estarías insultándome.
- Tranquilo, ya te dejo en paz – y se levanta, muy enfadada, muy indignada.
- Oh, menos mal. Creí que tendría que decírtelo más claro.
- Eres un idiota.
Sale dando un portazo.
Él se queda quieto. No toca ningún acorde más. Tiene la mente en blanco. Aún parece escuchar el eco del portazo, la voz de ella llena de rabia. No sabe qué hay de diferente en esta vez de las otras, tal vez los factores externos.
Se pregunta qué la habrá movido a venir hasta aquí, a ofrecerle su ayuda.
Sabe lo que quiere pero no a dónde quiere llegar. Nunca había pensado que un enfado con su padre lo podría afectar así, pero no es sólo el hecho de que lo hayan echado de casa, sino más bien el futuro próximo, que se ve como una especie de borrón.
Siempre ha sido alguien independiente. No es que no quiera a su familia ni a sus amigos pero hay algo dentro que le impide ser tan dependiente de ellos como el resto del mundo. No tiene miedo a la soledad, es más, le gusta. Sabe que es alguien difícil de llevar por eso comprende que a veces la gente se enfade con él.
Se pasa una mano por el pelo.
Le hubiera gustado pararla. Le hubiera gustado pedir disculpas. No quiere la ayuda de nadie pero eso no significa que no pueda agradecerla. Uno de sus grandes defectos es dejarse llevar tanto por los sentimientos, no saber ver las cosas de una forma objetiva a menos de que pase un tiempo, justo como ahora.
Coge aire. Deja la guitarra en el suelo. Se tumba y mira el techo.
•••
No lo entiende. Bueno, ni siquiera se entiende a ella misma. ¿Teatro? Ella nunca hace teatro, no sabe actuar, la risa tonta enseguida la delata. Mete las manos en el abrigo. Se fija en sus pies, caminando por la acera. Tendrá que esperar unos diez minutos hasta el próximo autobús y poder volver a casa. Una sensación de enfado y malestar la ha llenado desde que salió por la puerta del apartamento.
Mira el cielo, que está gris. Comenzará a llover pronto.
Se sienta en la parada del autobús. Enseguida llega una mujer, que se queda de pie esperando.
Es como si sintiese que le hubieran dañado el orgullo. Tiene ganas de patalear.