Pierdo el tiempo.

"Quiero hacer contigo lo que la primavera hace con los cerezos"

Lovers

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domingo, 12 de septiembre de 2010

Primera escena, capítulo 7

  Está otra vez en su coche y otra vez se inunda de su olor. La ve de reojo, mira por la ventana, seguro que pensando. Él no sabe qué decir. La música es lo único que rompe el silencio. Le habría gustado que ella hablara a borbotones, como hacía cuando estaba emocionada, y le contara cómo va su vida, cómo marcha todo pero ella no habla, ni parece que vaya a hacerlo.
-          ¿Qué piensas? – le pregunta.
  Ella se encoje de hombros, simplemente. Él vuelve a quedarse sin qué decir.
-          ¿De verdad me echabas de menos? – contesta de pronto, sin mirarlo.
-          Claro – murmura y lo recorre una especie de remordimiento. Luego, algo lo empuja a contarle todo -, creo que me habría vuelto completamente loco de haberme quedado sin verte. Empezaba a encontrarte en todos sitios: en las canciones, en los bares, en la ropa de las chicas, en los cuadros, en cada película y cada historia que me contaban, en la playa, en los árboles, en las cajas de bombones, en los ramos de flores…; te habías convertido en una especie de espejismo que era incapaz de borrar, incluso… incluso podría pasar a catalogarte de “pesadilla” y no de “sueño”.
  Se para. La mira de reojo. Ella parece atenta, interesada, hasta conmovida; ha dejado de ver por la ventanilla. Le brillan los ojos, pero no hay lágrimas.
-          Un día desperté y sentí que tenía que hacer algo, así que, poco después, cogí el coche y me largué. Y ahora estoy aquí y me siento… madre mía, no sé cómo me siento. Te veo ahí, acribillándome con esos ojos, y es como si un bate de béisbol me golpease en el estómago. No me imaginaba que esto sería así.
-          Bruno, fuiste tú el que me hizo elegir y el que decía que la distancia hace el olvido. Mentiría si dijese que he parado de quererte o que yo no te he echado de menos. Hay algo dentro de mí que se debate entre la emoción de verte y el dolor de recordarte, pero creo que el dolor es lo que se sobrepone.
  Es ella quien se para esta vez. Él niega lentamente con la cabeza, dice un mudo “lo siento” porque no soporta pensar que le ha causado tanto daño como parece.
-          Me recuerdas que no te he superado – prosigue -, ni a ti ni a todos los recuerdos que traes. Has hecho añicos todo lo que había construido hasta ahora. ¿Y ahora qué? ¿Cómo tengo que actuar: he de tirarme a tus brazos o he de reprocharte lo que estás haciendo conmigo? Fíjate, estamos de nuevo en este mismo coche… discutiendo.
-          Sí, discutimos cuando las cosas podrían haberse solucionado, cuando ahora podríamos estar amándonos.
-          ¿Amándonos? ¿En dónde, Bruno, en dónde?
-          ¡En cualquier sitio!
-          ¡No! ¡No ahora! No cuando te importaron una mierda mis sueños, ¡mi vida entera! A mí también me habría gustado que las cosas hubiesen sido fáciles, sencillas, y que nunca hubiésemos tenido que separarnos porque no sabes, no tienes ni idea de lo que fue para mí dejarte… y todo lo que vino después.
-          Lo siento, siento haberte hecho elegir; siento todo el dolor que te he causado y siento… siento haberte dejado marchar sin hacer nada, rindiéndome. Perdona por haber sido egoísta pero es que eclipsas todo lo que pueda ver, llegó un momento en que la necesidad de tenerte era tan, tan grande que no entendía cómo podías dejarme allí plantado si es que tú sentías lo mismo; yo nunca habría podido alejarme de ti por voluntad propia.
  Para el coche. Ella mira la casa y luego sigue pensando por lo que él supone que debe de haber acertado con la dirección.
  Siente que sólo hay caos donde antes había un universo.
-          Esto es de locos… - se ha ablandado. Ya no puede discutir; es uno de esos momentos en los que la rabia la recorre pero a la vez siente que con sólo una caricia habría caído rendida. No quiere que le vea la cara – no puedes llegar y pretender encontrarte las cosas tal y como estaban cuando las dejaste, no puedes, Bruno.
  Y pasa. Entonces es cuando pasa, tal y como había previsto. Él le coge la mano por segunda vez. Ella siente que en su interior se blande una batalla y que ha perdido, todos sus esfuerzos se van por la borda.
  Pasa sin darse cuenta, como si la hubiesen teletransportado. No es consciente del error y a la vez se maldice a sí misma. No recuerda el sabor de sus labios y a la vez siente que nunca ha dejado de besarlos.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Capítulo 5

Se sorprende, de hecho, abre los ojos como platos. Chris. Su número llamando. No deja que el tono suene más de lo necesario, se apresura a descolgar. No tiene ni idea de qué es lo que querrá, si rectificar, si quizá se ha equivocado de número, si pretende reñirla.
- ¿Chris? – Es imposible contenerse. La sorpresa hace que quiera asegurarse de que es él.
- Sí, soy yo. Pero no digas nada, sólo escúchame. Tenemos que hablar. A las seis en ese café que te gusta tanto. No tardes, que te conozco.
Y cuelga, dejándola con un montón de preguntas en la punta de la lengua. Mira el teléfono durante un minuto, luego se levanta de la silla, apenas tiene tiempo para prepararse para la cita. Se pregunta si las palabras de Alex habrán hecho algún tipo de efecto.
Coge el autobús y casi llega a la hora. Se para delante de la puerta de cristal de la cafetería. Lo ve en una de las últimas mesas. No se da cuenta de que lo está observando. Entra. Él enseguida la encuentra, juguetea con algo entre sus manos. Ella no sabe si sonreír o no, se siente bastante confusa.
- Hola.
- Hola.
Se sienta enfrente. Corre uno de esos silencios incómodos. Está despeinado, algo inusual.
- Alex ha hablado conmigo – la mira a los ojos. Habla lentamente, escogiendo las palabras -. No sé muy bien qué me ha querido decir, ni lo que tú quieres, por eso me gustaría que me lo explicaras.
- Yo tampoco sé qué quieres decir. ¿A qué te refieres cuando dices «qué es lo quiero»?
- Me refiero a ti y a mí. ¿Qué es lo que quieres?
- Quiero paz, que seamos amigos.
- ¿Por qué te has acostado con Andrew?
- No me he acostado con él nunca. Traté de explicártelo, traté de explicároslo a todos pero nadie me cree. Puede que la verdad suene a excusa barata pero es la verdad y tú eliges creerla o no.
Él entrecierra los ojos, inspeccionándola. Resulta sospechoso que ella se ponga especialmente irritante cuando habla de Andrew, aunque él también sabe cuánto le indigna que no la crean cuando está diciendo algo que es cierto.
- ¿Te gusta esta situación? – Pregunta la chica.
- No, en absoluto. Eres importante para mí, eres distinta al resto – baja la mirada. Parece un poco avergonzado -. No sabes lo que me arrepiento de haberte pedido que te fueras, quizá aún seguiríamos juntos.
Ella balbucea. De confusa ha pasado a sentirse incómoda.
- No, lo nuestro habría acabado de todas formas, tarde o temprano, más temprano que tarde.
- ¿Por qué? Creí que me querías – suena duro.
- Querer es algo muy grande, Chris, no lo digas a la ligera. Te aprecio, me has ayudado muchísimo pero no puedo decir que te quiero. Esto ha dejado de tener sentido hace tiempo, no sé cuándo me he dado cuenta pero es así.
Parece indignado, muy indignado, a punto de estallar. Una mueca en su cara le da un aspecto extraño.
- Mentiste. Me mentiste siempre.
- No te he mentido nunca y no me hables así.
- Claro que sí. Vete a la mierda, Graciela.
- ¿Otra vez igual? ¿No querías que te lo explicara? Lo que a ti te pasa es que si no escuchas lo que quieres te enfadas, pero no puedes ir con esa actitud en la vida. Si no querías la verdad no me la hubieses pedido. Y el que se va a la mierda aquí eres tú.
Se levanta. Coge el bolso y ni siquiera paga. Echa humo. Le da una patada a una lata tirada en la calle. Se contiene para no patalear. Estará poniendo una cara horrible pero no le importa. Le saca de sus casillas que Chris se comporte de esa forma, le dan ganas de volver y darle una bofetada para que reaccione.
Claro que no lo quiere, mentir habría sido una gran equivocación, lo último que desea es jugar con los sentimientos de alguien. Y no, nunca le ha mentido, está segura de que sus labios sólo han pronunciado un “te quiero” para una persona y esa persona es Bruno.
La nostalgia le agarra el corazón y lo exprime una vez más. Las fuerzas parecen querer fallarle. Los pasos se vuelven más vulnerables, no tan seguros como cuando hace unos segundos estaban respaldados por la rabia. Bruno, las cosas no tienen sentido sin ti.
Coge el autobús y se deja caer en el asiento. Empieza a llover. Las gotitas chocan contra los cristales. La gente en la calle corre a resguardarse. Ella baja la cabeza y la hunde entre las manos, es uno de esos momentos en los que de repente uno pasa a encontrarse a un kilómetro por debajo del nivel del suelo, sin entender muy bien el por qué.
Claudia la consuela más tarde, sin entender también. Intenta sonsacarle algo más, pero ella siempre repite lo mismo. No sabe qué es lo que tiene que decir o hacer. Graciela parece abatida totalmente; ha parado de llorar pero su cara lo dice todo. Le pide que la deje sola, al principio, Claudia se niega pero después no puede resistirse a esos ojos suplicantes.
Graciela se queda sola un rato antes de que Víctor y los niños lleguen. Intenta contagiarse con la alegría de Sara y olvidarse una vez más.
•••
Lo ve. Sale de la casa riñendo, gritando. Su padre hace lo mismo. No entiende muy bien qué es lo que dice. Abre la ventana disimuladamente, aunque no cree que en esos momentos nadie se fije en ella. Nunca lo ha visto tan enfadado, ni punto de comparación con cuando la había “rescatado” la noche que Chris la había echado de casa. Se dirige hacia el coche, su padre se queda a mitad de camino pero sigue gritando, incluso más. Andrew le hace el corte de manga un segundo antes de entrar en el vehículo, dando un portazo.
Se pregunta el por qué. Aunque no supiese demasiado sobre su vida, sabe que él ha tenido algunos problemas con su padre, pero nunca algo parecido.
El coche arranca de forma brusca. El padre de Andrew se queda mirándolo durante varios segundos, después se vuelve y camina con decisión de vuelta a dentro de la casa. Casi lo puede escuchar murmurar por lo bajo.
- ¿Has visto eso? – Mateo no se molesta en llamar a la puerta antes de entrar. Le encantan los problemas, sobre todo cuando no lo incumben.
- ¿Sabes qué ha pasado? – De alguna manera extraña, se preocupa.
- No tengo ni idea, pero su padre parecía muy enfadado.
- ¿Has escuchado lo que se han dicho?
- Por encima, pero no lo tengo muy claro – ella le hace un gesto con la cabeza para que siga -: algo como que no quería volver a verlo.
- Vaya… ¿lo habrá echado de casa?
- Es posible, creo que no le gustaba que tocara en ese grupo.
- No creo que fuese por eso, me parece poco irrelevante.
Mateo se encoge de hombros. Mira su reloj caro y parece darse cuenta de la hora que es. Sin decir una palabra para despedirse, se marcha, hace mucho tiempo que ha dejado de ser educado, ni siquiera le interesa serlo.
Siempre se encuentra fuera de casa, ella no sabe cómo lo hace. No le importan los estudios, pero de alguna forma se las arregla para aprobar todas las asignaturas. La única afición que tiene es montar y desmontar cosas, lo que sea. También muestra especial interés en hacerse el duro, en fumar y en ligar con chicas.
Había conocido a Mateo cuando era un niño. Víctor y Lidia solían visitar a los padres de ella todos los veranos, en Navidades y, muchas veces, en la semana santa. Los recuerda desde que le alcanza la memoria. Sus padres confiaban en ellos como si se tratase de la familia, por eso quizá nadie había dudado que en su casa se encontraría mejor que bien.
•••
Coge el autobús. Saca la nota del bolsillo de sus vaqueros y la lee de nuevo, ya se lo sabe de memoria pero quiere asegurarse. Una calle. Una dirección. Un número. Vuelve a guardarla. Está un poco nerviosa, por alguna razón extraña. Ha anotado la información a escondidas cuando escuchó que Víctor lo decía. No quiere que nadie sepa a dónde va.
Su parada y se baja. Tiene que andar. Ordena en su cabeza qué es lo que dirá, aunque no lo tiene claro en absoluto. Entra en el edificio sin llamar al telefonillo, alguien ha dejado la puerta abierta. Piensa que tiene suerte.
Sube las escaleras y se para delante de la puerta. Las paredes son blancas, sin nada, sin vida. La luz es débil y se pregunta qué clase de gente vivirá en un lugar tan lúgubre.
Se peina el cabello y llama al timbre. La puerta es de madera clara, gastada, tanto como el felpudo bajo sus pies, que ya ha perdido toda la utilidad que antes tenía. Espera. No sabe en donde posar la mirada. La puerta se abre.
Un chico alto, con el pelo muy corto y con un piercing en la nariz y otro en la ceja la mira extrañado. No dice nada. Tiene el ceño fruncido y parece tan confundido como ella, que saca la nota de nuevo y la revisa. No se ha equivocado pero no es esa la clase de compañía con la que se relaciona Andrew, aunque, a estas alturas, ya no hay nada sobre él que pueda sorprenderla.
- ¿Quieres algo? – no se molesta en ser educado. La inspecciona de arriba a abajo. Tiene una mano aferrando la puerta aún y parece dispuesto a cerrarla en cualquier momento.
- Buscaba a Andrew. ¿Está aquí?
No contesta, en su lugar, grita el nombre del chico y la deja esperando, sin invitarla a pasar.
Escucha como una puerta se abre. Observa lo poco que ve de dentro de la casa: tiene tan poca vida como el resto del edificio, hay una silla y las paredes están pintadas de un color claro que no se sabe muy bien cuál es.
Andrew. También la mira extrañado. Entreabre la boca para decir algo pero luego se calla, no encuentra qué decir. Ella y el brillo de su cabello contrastan con las paredes mates. Está de mal humor. Le duele la cabeza.
- ¿Qué haces aquí? – casi es un susurro. Ella nota el tono amargo de su voz, algo totalmente inusual.
- Quería saber cómo estás.
- Estoy bien, gracias – intenta cerrar la puerta pero ella lo frena apoyando una mano. Hace fuerza pero él apenas se resiste, baja la mirada durante largos segundos y luego la vuelve a subir -. ¿Qué es lo que buscas con esto?
- Hablar.
Duda durante un tiempo pero luego se retira a un lado, dejándola pasar y haciéndole una señal con la cabeza para que lo siga.
Ella no se equivocaba, el apartamento carece de cualquier elemento decorativo, sólo hay lo básico. No puede evitar hacer comparaciones en una vivienda como esta y en la que vivía hacía apenas unos días.
La lleva a su habitación. Él se sienta en la cama y coge la guitarra que antes tocaba. Lo único que sabe hacer en momentos en lo que el resto no tiene sentido es tocar. No la invita a que se siente. Ella cierra la puerta, no le apetece que nadie escuche su conversación, y se sienta al lado de él.
- ¿Qué ha pasado exactamente? – le pregunta a Andrew.
- Creía que era la última persona de la que te preocupabas.
- Quiero hablar en serio, no me apetece bromear.
- Estoy hablando en serio.
El tono cortante, que no sea capaz de verla a los ojos… es como una invitación a que se vaya por donde ha venido.
- Tu padre te ha echado de casa – es una afirmación, no una pregunta.
No contesta, sigue con los acordes de la guitarra.
- Oye – prosigue ella -, si no tienes un lugar donde quedarte puedo buscar algo para ti, además, Víctor no tendría ningún problema en que te quedaras en casa.
- No quiero tu compasión, Grace. ¿Por qué no me dejas en paz?
- ¿Qué? Sólo intento ayudarte – empieza a enfadarse.
- Pues resulta que no quiero tu ayuda.
- ¿Siempre tienes que ser así?
- ¡Soy así! Y si no te gusta te largas, ni siquiera sé porque has venido, estoy harto de todo este teatrillo, si se tratase de cualquier otro momento estarías insultándome.
- Tranquilo, ya te dejo en paz – y se levanta, muy enfadada, muy indignada.
- Oh, menos mal. Creí que tendría que decírtelo más claro.
- Eres un idiota.
Sale dando un portazo.
Él se queda quieto. No toca ningún acorde más. Tiene la mente en blanco. Aún parece escuchar el eco del portazo, la voz de ella llena de rabia. No sabe qué hay de diferente en esta vez de las otras, tal vez los factores externos.
Se pregunta qué la habrá movido a venir hasta aquí, a ofrecerle su ayuda.
Sabe lo que quiere pero no a dónde quiere llegar. Nunca había pensado que un enfado con su padre lo podría afectar así, pero no es sólo el hecho de que lo hayan echado de casa, sino más bien el futuro próximo, que se ve como una especie de borrón.
Siempre ha sido alguien independiente. No es que no quiera a su familia ni a sus amigos pero hay algo dentro que le impide ser tan dependiente de ellos como el resto del mundo. No tiene miedo a la soledad, es más, le gusta. Sabe que es alguien difícil de llevar por eso comprende que a veces la gente se enfade con él.
Se pasa una mano por el pelo.
Le hubiera gustado pararla. Le hubiera gustado pedir disculpas. No quiere la ayuda de nadie pero eso no significa que no pueda agradecerla. Uno de sus grandes defectos es dejarse llevar tanto por los sentimientos, no saber ver las cosas de una forma objetiva a menos de que pase un tiempo, justo como ahora.
Coge aire. Deja la guitarra en el suelo. Se tumba y mira el techo.
•••
No lo entiende. Bueno, ni siquiera se entiende a ella misma. ¿Teatro? Ella nunca hace teatro, no sabe actuar, la risa tonta enseguida la delata. Mete las manos en el abrigo. Se fija en sus pies, caminando por la acera. Tendrá que esperar unos diez minutos hasta el próximo autobús y poder volver a casa. Una sensación de enfado y malestar la ha llenado desde que salió por la puerta del apartamento.
Mira el cielo, que está gris. Comenzará a llover pronto.
Se sienta en la parada del autobús. Enseguida llega una mujer, que se queda de pie esperando.
Es como si sintiese que le hubieran dañado el orgullo. Tiene ganas de patalear.

jueves, 2 de septiembre de 2010

Capítulo 3

- ¿Lo has llamado?
- ¿A cuál de ellos?
- A cualquiera.
- No, a ninguno.
Claudia la mira de reojo, ella ríe. Es la única que no la presiona, en realidad Chris nunca le ha caído en gracia.
- Creo que Víctor no se equivoca demasiado.
- No bromees con eso.
- Dentro de poco estarás loquita por él.
- Antes muerta.
- Te lo recordaré. Además, conozco esa mirada, es de que algo está naciendo.
No le hace ni caso a su amiga. Le da un trago a su chocolate. Ve a los lados, pensando.
- Había pensado en quedar con Chris, aquí o en cualquier otro sitio. Hoy le he llamado pero no me ha cogido.
- Sabes lo rencoroso que es, todavía le durará el cabreo. Le soltaste que estabas en la cama de otro, por una parte, es normal.
- Que se joda.
•••
Lunes. El lunes tiene algo, se nota en la cara de la gente, o quizá es el aire que sabe distinto al resto de los días. Entra en la cafetería del instituto, todas las mesas están ocupadas. Apoya los libros en la barra. Claudia no hace más que quejarse, despotrica contra alguno de sus compañeros pero ella no le presta mucha atención, se limita a asentir con la cabeza.
Echa una hojeada al ambiente del local, justo después de haber pedido una coca-cola.
- Mira, ahí está Chris. Parece que no quiere ni verte.
Exacto. Aunque ya la ha visto y sabe de sobra que se encuentra allí. Habla con sus amigos en una de las mesas redondas. Ella lo examina con la mirada: el uniforme del instituto, el cabello siempre en su sitio, los ojos intentando no desviarse hacia su dirección.
- Creo que voy a hablar con él.
Coge la botella de coca-cola y se la lleva en la mano. A Claudia no le da tiempo a contestar. Los amigos de Chris le clavan la mirada, él, en cambio, ni se molesta, quiere aparentar que no le interesa. Ella inspira antes de hablar, intentando ordenar las ideas dentro de su cabeza.
- Chris, tenemos que hablar.
- ¿Ahora quieres hablar? – No la mira. Pasa las páginas de un libro que tiene encima de la mesa, que ni siquiera le interesa – Pues bien, empieza.
- A solas.
- Lo que tengas que decir puedes decirlo aquí.
Ella entreabre los labios. Una chica interviene:
- Creo que nosotros no tenemos por qué escuchar lo que quiere decirte – le hace una seña con la cabeza, instándole a que vaya con la chica que lo reclama.
Ella le sonríe levemente, agradeciéndole su ayuda.
Chris se levanta bruscamente, enfadado, haciendo que la mesa tiemble cuando se apoya en ella para echar la silla hacia atrás. Coge la chaqueta marrón, de una marca cara, del respaldo y refunfuña un «vamos fuera» casi ininteligible.
Lo sigue, pensando qué decir, por dónde empezar.
- ¿Y bien? – saca un pitillo de la cajetilla de tabaco y lo enciende, aunque allí no podría estar fumando. Da una calada y clava los ojos marrones en ella, que se siente confusa por un instante - ¿Piensas darme algún tipo de excusa, disculparte, confesarme algo…?
- Creo que esto ya no tiene sentido.
- ¿El qué?
- Lo nuestro. Creo que deberíamos ponerle fin.
Suspira. Le da otra calada al cigarrillo y deja que el humo salga lentamente de su boca. Tiene una mueca de rabia en la cara.
- ¿Cuándo te has dado cuenta? ¿En el momento en el que te metiste en la cama de otro? – nota el tono amargo en su voz, cruel.
- Tal vez si no me hubieses echado de tu casa no hubiese acabado allí.
- ¿Así que ahora soy yo el que tiene la culpa? – está indignado. Abre los brazos, haciendo aspavientos – Genial, ¿y para esto querías hablar?
- Si fuese por ti podría haber dormido debajo de un puente y no importarte hasta la mañana siguiente.
- Entonces, ¿es una especie de venganza?
- ¡No es nada, Chris! – empieza a perder los nervios y eso que tenía pensado controlarse. Bufa. Niega con la cabeza, con desaprobación – Andrew me encontró de camino a casa mientras unos chicos venían detrás de mí diciéndome groserías y no sé con qué intenciones. Dormí en su casa porque no sé si recuerdas que supuestamente tendría que estar en la de Claudia. Mentí por ti y me echaste como un perro. No pasó nada entre Andrew y yo pero piensa lo que te dé la gana.
Ella es capaz de dar varios pasos, con la intención de alejarse, antes de que la aferre por el brazo con fuerza y la obligue a dar media vuelta. La empuja contra la pared. Tira el cigarrillo y la coge por los hombros. Ella aumenta la fuerza de su mirada, si cree que le da miedo, se equivoca.
- Se acabó.
- No me digas. Y suéltame.
Lo hace bruscamente. Entra en el local dando un portazo. Ella se queda mirando por donde se ha marchado. Se pasa una mano por el pelo. Suspira. No se había imaginado que las cosas irían así.
Se queda varios minutos fuera. Piensa en el pasado, en los principios. Parece como si siempre hubiese vivido allí y, sin embargo, unos meses atrás aún desconocía todo. Parece increíble que sólo hayan pasado meses desde que conoció a Chris, por casualidad, por aquella taza de café derramada sin quererlo. Guau, ahora se le hace difícil pensar en volver y lo que será dejar esto algún día.
•••
Llega. No se molesta en apagar la música. Sale del coche y se apoya en él. Es un buen día. Luce gafas de sol y hasta podría quitarse la chaqueta y no tener frío.
Los alumnos bajan las escaleras, algunos solos, otros en parejas, otros solos. Todos llevan uniforme, desde los más pequeños hasta los más mayores. Será difícil distinguirla de las demás, no tiene ningún rasgo físico que se salga de lo común, aunque hay pocas que lleven el pelo tan bonito.
Ella se sobresalta cuando lo ve. Intenta disimular, pero lo hace de pena. Ve a los lados, se pregunta si es a ella a quien espera o a otra. Él ríe para sí mismo y la saluda con la mano para despejar sus dudas.
- Sube – le dice cuando aún los separan varios metros -, tenemos una charla pendiente.
Lo hace sin rechistar, antes de que cualquiera lo vea con él y piensa cosas que no son.
- Vaya, ¿te has cansado de hacerte la rebelde?
- Calla y conduce, idiota.
Sube el volumen de la música, que inunda el coche. Él inspira y arranca, con una sonrisa de suficiencia pintada.
- Entonces, ¿ya has cortado con Chris, no?
- ¿Qué? ¿Cómo lo sabes?
- Verás, tengo mis contactos.
Ella se gira en el asiento y lo mira con el ceño fruncido. Sigue sonriendo y no aparta la mirada de la carretera pero sabe de sobra la cara que estará poniendo la chica.
- No me mires así, encanto.
- ¿Encanto? – La desconcierta. Intenta poner su mayor cara de asco pero sólo logra una mueca extraña. Cambia de tema – Sí, he roto con él, ¿contento?
- Oye, no sé si lo sabes, pero no tenía ningún interés especial en que lo hicieras, es más, me es bastante indiferente. Aunque, mirándolo por el lado bueno, ya tienes vía libre para ir a por mí.
- ¿A POR TI?
- Oh, venga, no disimules.
- ¡No disimulo! Creo que estás bastante confundido respecto a mis gustos.
- Mmmm… - la mira un instante, luego vuelve a fijarse en la carretera – me parece que eres una de esas que les gusta hacerse las difíciles.
- Estás mal de la cabeza – se refunfuña y se hunde en el asiento, cruzándose de brazos.
- Cuando te enfadas eres de verdad encantadora.
•••
- ¿Cómo van las cosas con Andrew? – pregunta Lidia, distraída.
- Ya le he dicho a Víctor que no hay nada entre nosotros.
- ¿Fue algo de una noche, entonces?
- ¡No, en absoluto! – se horroriza. No quiere hablar de esos temas con ella y le sorprende la serenidad con que los aborda – Ni esa noche ni ninguna otra pasó nada. Es todo una equivocación, simplemente nos quedamos dormidos.
- En ese caso, no tiene sentido que pregunte por vosotros como pareja.
Por fin alguien que la cree. La diferencia entre Lidia y su marido es que ella deja que hable y él vive de lo que imagina, sin dar oportunidad a explicaciones.
- De todas formas – añade -, hacéis una bonita pareja. Él es un buen chico aunque siempre ha ido paralelo a las reglas, se habría ido por un mal camino si llega a ser otro, pero es demasiado inteligente como para echarse a perder.
No sabe muy bien qué decir. No duda que lo que diga Lidia sea cierto. Lo único en lo que discrepa es en que hagan buena pareja. Andrew es muy distinto, tanto a ella como al resto, no sólo parece vivir paralelo a las normas, sino también a todo lo demás. A veces piensa que le gustaría saber mucho más de él de lo que sabe, si hay un porqué de esa forma de actuar o es solamente que se muestra tal y como es.
Mateo baja las escaleras y se planta al lado de su madre. Lleva una chaqueta de cuero que le da pinta duro y en el bolsillo de los vaqueros una cajetilla de tabaco que no se esfuerza en ocultar.
- Me voy, no sé a qué hora volveré.
- Estarás aquí a la hora de cenar.
- Pero, mamá…
- Todavía estamos en la semana y ya sabes lo que ello implica.
Su intento de aparentar se va por el retrete. Camina hacia la puerta, sin decir nada, con ese andar en el que parece ir de lado a lado, con el ceño fruncido y deseando tener libertad absoluta, aunque casi la tenga ya.