Pierdo el tiempo.

"Quiero hacer contigo lo que la primavera hace con los cerezos"

Lovers

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jueves, 2 de septiembre de 2010

Capítulo 4


  Viernes noche. Mucha gente. Un local precioso, moderno pero a la vez con aires sesenteros. Desde el primer día que fue allí le gustó. La música está alta. Claudia la coge de la mano y la arrastra entre la multitud. Gracias a ella y sus dotes de seducción han podido entrar, o es que tal vez ya la conocen lo bastante como para saber que es cliente habitual.
  Las esperan en una mesa, sentados en sofás. Uno de ellos se levanta, es Chris. Otro viernes cualquiera no lo habría hecho, ni tampoco la habría mirado con rencor al pasar cerca. Aunque suene cobarde, no quiere verla. Ella lo sigue con la mirada; tiene que superarlo, piensa.
-          Creíamos que no llegaríais nunca – dice el novio de Claudia, que la recorre de arriba abajo. Un segundo después ella está en sus rodillas besándolo.
  Suspira. Tal vez la noche no sea tan buena como esperaba, debería haber supuesto que algo así pasaría.
  En toda la semana no le ha dirigido la palabra a Chris. No era eso lo que pretendía, al fin y al cabo, es un chico que le cae bien pero hay dentro de ella que le impide dar un paso hacia la disculpa… ¿pero qué dice? ¿Por qué debería pedir disculpas? Ella no ha hecho nada malo, ha sido él el que la echó de su casa.
  Claudia dice que exagera, que lo que Chris hizo ha estado mal pero tampoco tanto como para llegar a dejarlo. Por una parte tiene razón, pero esta es la oportunidad que no podía dejar escapar, ella no lo quiere lo suficiente.
  Alex la coge del brazo y se acerca para que lo escuche:
-          ¿Seguís con lo mismo?
-          Eso parece.
-          Sabes lo orgulloso que es. En el fondo está deseando solucionar las cosas.
-          Pero es que no hay nada que solucionar, ya hemos puesto los puntos sobre las íes. Si es que está enfadado conmigo, yo no tengo nada por lo que disculparme, le he explicado todo. Hemos roto pero no es una razón para huir de mí.
-          Le ha jodido que se acabara, no sabes cuánto, aunque no quiera dar el brazo a torcer. Eras muy importante para él.
  No le sientan bien esa clase de comentarios, ya se sentía lo suficientemente cruel al dejarlo sin una razón de peso. Alex no lo hace con mala intención, solo pretende informar.
-          ¿Quieres que hable con él?
-          No quiero disculparme, Alex. Siempre que discutimos he sido yo la que ha dado el brazo a torcer, no quiero volver a hacerlo.
-          Pero no me refiero a una disculpa, sino a intentar que entre en razón para que, por lo menos, volváis a ser amigos.
-          En ese caso… está bien – le sonríe.
•••
  No está nervioso. No es la primera vez que lo hace. Han tenido que reemplazar al batería, demasiados problemas con el anterior y el nuevo sí que está nervioso. Se asoma por la cortina para ver qué está sucediendo.
  Hay mucha gente. Sonríe para sí mismo. Será una buena actuación. Uno de los camareros intenta presentar encima del pequeño escenario, alguno lo abuchea, otro le mete prisa y otro lo alaba, él intenta sonreír.
  Por fin salen a escena. Las cabezas se giran hacia ellos. El batería todavía se pone más nervioso. Andrew muestra naturalidad.
  El camarero le pasa el micrófono y se va. Dice algo gracioso, todos ríen. La reconoce entre la multitud, esta vez le es fácil, al contrario que en el instituto. Enseña los hombros con una camiseta negra, no ve mucho más abajo que su cintura pero le basta para saber que cualquier chico se le quedaría mirando; luce el pelo suelto, como casi siempre. Él se pega al micro. Le sonríe a la chica. La ve fruncir el ceño, se estará preguntado que hace él allí. Y comienza a cantar y a tocar su amada guitarra.
  Sí, ella está sorprendida, más que nada por el aterciopelado de su voz, lo distinta que parece sonar ahora, cómo puede llegar hasta a ser tierna. Y por esa extraña fijación por lo viejo, calza unas all stars que deben tener como cien años.
  Se sorprende también porque no puede apartar la mirada. Claudia la ha dejado sola desde hace un rato y no se ha dado ni cuenta.
•••
-          Bravo – aplaude mientras se acerca. Las palmadas parecen hacer eco contra las paredes del local, ahora vacío. Andrew levanta el rostro un segundo para ver de quién se trata, después sigue cerrando la funda de la guitarra.
-          Vaya, tú por aquí.
-          He venido a felicitarte. Para ser sinceros, siempre he pensado que todo lo que podría salir de ti sería basura.
-          Me lo tomaré como un cumplido – la mira de arriba a abajo, en efecto, cualquier chico se habría quedado prendado. Recoge algo más -. Entonces, ya estás a mis pies, ¿no?
-          Nunca.
  Ríe para sí mismo. Vuelve a alzar la mirada. Clava sus ojos verdes en ella, una luz se refleja en ellos. Luego los desvía y la chica gira la cara para ver qué es lo que le está pintando una sonrisa en la cara.
  Tacones altos y una melena larga y oscura. Piernas perfectas, cara perfecta. La odia casi al momento, tal vez la envidia sea uno de los ingredientes.
-          Fantástico, realmente fantástico – incluso una voz perfecta, lo que faltaba.
  Sonríe y los labios rojos enseñan unos dientes blancos como perlas. Andrew la recorre con la mirada. La chica perfecta acaba rodeándole el cuello con los brazos, le da un beso en las comisuras.
  Andrew se acuerda de su amiga, aunque nunca se haya olvidado, que se siente un poco incómoda y mira el suelo. Se dirige hacia ella, apartando a la otra. Se pasa una mano por el pelo.
-          Será mejor que me vaya, Claudia me está esperando. Además, si sigo aquí mucho tiempo aumentaré todavía más tu ego… y, pensándolo mejor, no debí haberte felicitado.
-          Lo hicimos demasiado bien como para que pudieses resistirte.
  Ella pone los ojos en blanco y da media vuelta. Él la sigue con la mirada, nota esa especie de celos, más bien, la indignación. Es cierto, de repente, está enfadada e indignada, como muchas de las veces que habla con Andrew.
  No está celosa, ¿por qué iba a estarlo? Es solo que le dan rabia las chicas como esa.  
•••
  La ve. Sale del coche. Ella está metiendo las llaves en la cerradura. Da un respingo cuando siente unas manos tapándole en los ojos. Se asusta pero se calma al reconocer ese olor. No sabe si sonreír o no, todavía está un poco indignada.
-          ¿Se puede saber qué haces?
-          Adivina quién soy.
-          Andrew, por favor.
  La suelta, sin oponer resistencia. Le quita las llaves de las manos y las mete en el bolsillo de los vaqueros. Lleva la misma ropa que cuando actuó. Ella hace un mohín con la boca y extiende una mano para que se las devuelva.
-          Venga, dámelas. Es tarde, debería llevar un rato en casa.
-          Sigues con tus intentos de hacerte la rebelde, entonces.
-          Si, sigo con ellos – intenta ser sarcástica.
  Las saca y está a punto de dárselas. Se pone más serio. Silencio. Pasa la lengua por los dientes, pensando. Ella espera.
-          No es mi novia.
-          No creo que nadie soportara tenerte como novio, ni siquiera ella.
-          Te repites. Además, ¿qué es eso que noto en tu voz? ¿Rencor?
-          ¿Por qué iba a sentir rencor?
-          Cierto, son celos.
  Pone los ojos en blanco y le arrebata las llaves. Las mete en la cerradura, sin molestarse en no hacer ruido. Lo mira con rabia. La descoloca. La saca de sus casillas.
-          ¿Vas a cerrarme la puerta en las narices?
-          Exacto.
 Ríe para sí misma cuando lo hace. Se apoya en la puerta y enciende la luz. Recorre la estancia con la mirada, no hace mucho que la conoce, apenas cinco meses.
  Las cosas han cambiado mucho desde entonces. Primero la beca. Bruno la había apoyado al principio, cuando la cosa se veía casi imposible; sonaba horrible decir que no confiaba en ella pero era así, no confiaba en que pudiera conseguir la oportunidad de irse. Y se fue, con el sabor de la ruptura y la discusión en los labios.
  Luego, sus padres. No quiere recordar ese apartado, las heridas aún están frescas. Un escalofrío le recorre la espalda. Suspira y ve que se enciende la luz de las escaleras, entonces, Víctor se asoma mientras hace una mueca de enfado.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Capítulo 2







No para de darle vueltas. Está muy indecisa, aunque todavía no sabe bien qué es lo quiere decirle o que pase. Solo hay una cosa de la que está segura: no lo quiere. Querer es algo muy grande y ella lo sabe, querer es algo que te llena el corazón de otra forma, pero que no lo quiera no significa que no le guarde cariño.
  Chris siempre ha sido bueno con ella, desde el día que la conoció, había sido el primero en tenderle la mano, en confiar en ella, aunque no había resultado muy difícil hacerse un hueco en este sitio.
  Fueron amigos al principio, luego comenzó. Casi no se había dado cuenta. La nostalgia estuvo más presente que nunca y era incapaz de no hacer comparaciones entre Chris y aquel que se había rendido en el punto más crítico, justo cuando más lo necesitaba.
  A pesar de todo, no podría que aún hoy él es historia. Él ha sido tal vez la parte más importante de su vida, antes de que empezase de cero en este lugar, antes de que sea la que es en esos momentos. Es todo lo que él ha dejado, lo que ha forjado. Él es el principio y el final de una etapa, pero sobre todo, el principio de lo que de verdad es la vida. Fue él quien le enseñó lo que era vivir por y para una persona, reír y llorar por la causa de otro antes que por la propia. Lo echa de menos, es imposible negarlo, como también es imposible negar que mil veces ha imaginado lo que sería su vida si se hubiese quedado a su lado, como le pidió. Mas lo hecho, hecho está y no hay más vuelta de hoja.
  Suelta el teléfono, hablará con Chris más tarde. El nudo en la garganta no la deja pensar con claridad ni tampoco hablar con alguien que no sea ella misma.
•••
-          Miguel, deja de hacer ruido con ese trasto, por favor.
  El niño la mira con la boca abierta. Ella intenta sonreír, aunque está de bastante mal humor. Debería haberle dicho a Lidia que hoy no era un buen día para quedarse con los niños, necesita estudiar. Intenta volver a concentrarse en los libros.
  Sara corretea de un lado a otro con su muñeca en la mano, por lo menos no arma un escándalo como hace su hermano, que parece que no quiere dejar de darle al botón del mando que hace que el coche teledirigido haga un ruido espantoso.
  Resopla de nuevo. El hermano mayor de los críos también podría quedarse de vez en cuando con ellos, pero no.
-          Venid aquí un momento – les llama, intentando mantener la calma, nunca le han gustado los niños -. ¿Por qué no vais a la habitación a jugar? Necesito silencio.
  Sara pone cara de pena. Miguel se enfurruña, le encanta hacer ruido, o quizás molestar.
-          Por favor – suplica la chica – y después de cenar os prometo que veremos la peli que queráis.
-          ¡Bien! – gritan al unísono. Medio segundo después ya están corriendo escaleras arriba.
  Vuelve a la lección. Por lo menos ahora será capaz de memorizar algo.
  Suena el timbre, lo que faltaba. Se levanta a abrir, preguntándose quién será.
-          ¿Qué haces tú aquí? – escupe, con los ojos muy abiertos.
-          Quería saber de ti. ¿Has cortado ya con el capullo? – se abre paso apartándole el brazo del marco de la puerta. Ni siquiera pide permiso, entra como si fuese su propia casa. Las manos en los bolsillos de los vaqueros desgastados y ese andar característico.
-          Todavía es mi novio y, además, ¿qué te importa?
-          Curiosidad – se encoje de hombros. Se deja caer en el sofá sin ninguna delicadeza -. Piensas cortar con él, ¿no?
  Ella está de espaldas a él. Se apoya en la encimera. Hace una mueca extraña, aunque más extraña es la sensación que la recorre.
-          Sí – suena frío y seco.
  Silencio. Andrew nota que le incomoda hablar del tema, no pretende hacerle daño con todo esto. A ella no le apetece bromear ni que la piquen. Él la mira, aún no se ha girado. Se levanta en silencio y se acerca a ella, nota esa especie de tensión en el ambiente. Ella cierra los ojos.
-          ¿Lo quieres?
-          ¿Qué?
  Se encuentra con los ojos de él. Nunca se había parado a mirarlos, por lo menos, no tan de cerca. Son de un color extraño y brillan. ¿Azules? Guau, hipnotizan.
-           ¿Lo quieres? ¿Lo amas?
  Balbucea. Se siente ridícula. Tiene la impresión de estar desnuda delante de miles de personas.
-          No… - murmura por fin. Baja la mirada, un poco avergonzada.
-          Vaya, creí que nunca lo dirías – nota la impresión de ella y vuelve a abrir los ojos como platos -. ¿Sabes? Se nota que no lo quieres.
-          ¿En qué? – está entre indignada y curiosa.
-          No lo sé, simplemente, se nota. ¿Alguna vez has estado enamorada de verdad?
-          ¿Qué tiene eso que ver?
-          Contesta.
-          Sí, lo he estado.
-          Entonces, ¿por qué pierdes el tiempo con Chris?
  Vuelve a balbucear. La confunde. Llega y desordena todo lo que estaba ordenado en su interior, siempre lo hace. Ni sus pensamientos ni sus sentimientos saben a dónde dirigirse.
-          No me mires así – sonríe de una forma que nunca antes ella ha visto -, haces que me sienta culpable.
•••
  No, en el fondo no es tan malo, ni tan irritante, ni tan insoportable, hasta puede aguantar sin sacarla de quicio más de lo que creía. Además, piensa, ¿qué ganamos llevándonos tan mal? Se pregunta si de verdad se preocupa por ella o es simple curiosidad, como asegura. ¿Y realmente se ha fijado en si se notaba si quería a Chris o no? Nunca se ha propuesto esconder sus sentimientos y el no querer a alguien es un sentimiento más, pero habría que conocerla muy bien como para darse cuenta.
  Ha preparado espaguetis para cenar, los niños estarán encantados y Andrew… tendrá que aguantarse.
-          ¡Andrew! – escucha a Miguel gritar. Corre hacia él, sonriendo de oreja a oreja. Ella no se ha dado cuenta de que el niño había bajado las escaleras. Tanto él como su hermana adoran a su nuevo comensal.
-          Hola, chaval.
  Comienzan a hablar sobre fútbol. Miguel parece emocionado, él lo mira de forma entrañable. Sara se queda al margen pero está feliz.
-          ¿Te quedarás a cenar?
-          Claro, Grace me adora.
  Ella pone los ojos en blanco. Odia esa manía de llamarla Grace.
  Cenan. Ríen. Ven la película prometida, demasiado larga y llega el fin. Ella no sabe cómo ha llegado a recostarse encima de Andrew en el sofá sin que la tirase de un empujón.
  Sara se apoya en su hermano, al que se le cierran los ojos.
-          A la cama, venga, ya es tarde.
  Ni siquiera protestan, como habrían hecho cualquier otro día. Miguel camina cabizbajo y Sara lleva agarrado de una “mano” a su osito.
  Andrew está entre el sueño y la realidad. La agarra y no la deja salir.
-          Eeeh... – le susurra. Él abre un ojo. Adorable – tengo que llevar a los niños a la cama.
  Murmura algo por lo bajo y deja que la chica se vaya. Le sonríe, justo antes de ocupar todo el sofá en cuanto se levanta. Ella desaparece escaleras arriba.
  No es difícil dejar tranquilos a los críos entre las mantas. Apaga las luces y baja las escaleras intentando no hacer mucho ruido. Protesta en voz baja para que le deje un sitio a su lado. Ella hace como que no ve que hay otro sofá, a él no le importa tenerla cerca, le gusta poder oler el aroma de su pelo. Se pone de espaldas a él y nota cómo su brazo la rodea.
-          ¿No piensas volver a casa? – susurra. No intenta echarlo, ni que se vaya.
-          No. Esta noche toca que me cobije yo aquí.
  No pretenden dormirse, por lo menos ella, pero nada más encender la tele lo hace, sin darse ni cuenta.                                                                                                         
•••
  Abre los ojos lentamente, aún con el pesar de las horas de sueño. Se sorprende al verlo allí, aún habría esperado encontrar a Bruno y a su pelo rizado sobre la almohada. Pestañea, intentando no sentir nostalgia ni nada que se le parezca.
  Sin quererlo, peina el pelo de Andrew, mucho más claro que el que peinaba antes, en el que enredaba los dedos antes de precipitarse a por aquella boca. La quita cuando se mueve, no quiere, por nada del mundo, que la descubra con esa cara.
  Le da la espalda pero se arrima a él, buscando algo de calor, que sólo oyendo como el viento golpea las ventanas se enfría, aunque no es solo ese tipo de calor el que necesita.
  Él vuelve a pasar al brazo por la cintura de la muchacha como anoche en el sofá. Ella se pregunta si no se estará tomando demasiadas confianzas pero no hace nada por apartarse. Lo que no sabe es que está prácticamente despierto, que le gusta sentirla así de apacible.
  Ella se desliza con cuidado fuera de la cama. No recuerda cuál fue el momento exacto en que decidieron subir a la habitación antes que quedarse toda la noche en el sofá. Se pone una bata por encima del pijama con el que lleva puesto desde la tarde de ayer e intenta ser delicada al abrir la puerta.
  Andrew la sigue con la mirada sin que se dé cuenta.
-          Una noche movidita, ¿no? - Ella se sobresalta al oír la voz de Mateo. Se gira hacia él, frunciendo el ceño. Le hace un gesto para que baje la voz. La sonrisa cargada de malicia no se desvanece de la cara del chico – Creía que lo odiabas.
-          No ha pasado nada.
-          No intentes negarlo, es evidente. Mis padres también lo saben. Creo que a papá le gusta la idea de que vosotros dos… ya sabes.
-          Siento desilusionaros pero no ha pasado nada.
-          No seas cría, además se te nota que te va la marcha.
-          ¿Qué insinúas? – se indigna y es incapaz de controlar el tono de voz.
-          Yo no habría elegido el sofá, por lo menos no ese sofá pero…
  Da media vuelta, mientras pone los ojos en blanco. Vuelve a entrar en la habitación, no quiere seguir escuchándolo. Cuanto más lo niega más parecen empeñarse en que es verdad.
-          Despierta, bella durmiente – enciende las luces. Se sienta en la cama y lo zarandea -. La que has montado.
-          ¿Yo?
-          ¿Quién sino?
-          ¿Por qué? ¿Qué he hecho?
-          Toda la familia se piensa que ha pasado algo entre nosotros, sin olvidarnos de tu hermana. Enhorabuena, campeón.
  La mira, somnoliento. Se tapa con las mantas, intentando volver a dormirse.
-          ¿Y qué más dará? – suelta.



martes, 31 de agosto de 2010

Capítulo 1


Todavía no puede creerlo. Bufa. Da un portazo y le da igual que la oigan los padres de él. Ni siquiera se molesta en ser discreta para que no la vean. Se hunde dentro del abrigo y comienza a caminar calle adelante, haciendo caso omiso del frío. Mete las manos en los bolsillos. Por lo menos, esto me despejará, piensa.
  Las farolas llenan la calle de una luz anaranjada. No pasa ningún coche a estas horas aunque tampoco es una carretera muy transitada. No es un buen momento para ir sola, ella lo sabe y él también lo sabía, a pesar de que prácticamente la haya echado de casa con una excusa ridícula. Sólo escucha el ruido de sus pasos y eso la tranquiliza.
  Chris es idiota.
  Y de pronto, voces masculinas a sus espaldas. No las entiende, aunque quizá sea mejor así, no le gustaría saber lo que dicen. Son varios, lo nota a pesar de que no se ha girado a comprobarlo. Apura el paso, será lo mejor.
  Comienzan los comentarios groseros. No le gusta escuchar hablar de sus piernas en medio de la noche en una calle por la que no hay ni un alma. Lo peor es que no sabe a dónde se dirige, volver a casa le traería problemas pero no quiere imaginarse qué pasará si la distancia entre el grupito de chicos y ella se acaba. Cada vez se siente más nerviosa, no debería haber aceptado irse, debería haberse negado y negado.
  La llaman, no precisamente por su nombre. Hay muchas risas pero es el momento en que menos le importa que se rían a su costa. Apura más el paso. Resopla y quiere pensar en cosas bonitas, como hacía cuando era pequeña y le costaba dormir. A ellos no les importa despertar a los vecinos con semejante escándalo, a ella también le daría igual que lo hicieran mientras no le incumbiera.
  No le gusta esta situación, bueno, ¿a quién le gustaría? Podría echar a correr pero haría que el pánico aumentara. Siguen las risas y las alusiones a su cuerpo. El corazón aún le va más rápido. Las groserías cada vez son más fuertes y cada vez están más cerca. Se estremece. Nunca se había dado cuenta de que sus piernas podrían ir tan rápido sin llegar a correr.
  Espira e inspira. Espira e inspira.
  De pronto, el sonido del motor de un coche. Se relaja. La alivia pensar que tal vez así se calmarán. Pronto ve los faros del automóvil, que aminora la velocidad. Oh, no, ¿y si es uno de ellos? Los chicos protestan. Su respiración va muy rápido.
  Pero pronto reconoce el coche lleno de pintadas, no puede ser de otra persona. Lo ve hacerle una seña con la mano para que entre y le grita algo. Corre. Salta dentro del automóvil por la puerta del copiloto. Los chicos corren. Ella tiene miedo y le grita que arranque. Se pregunta qué clase de arreglo habrá tenido que hacer en el motor para que acelere a esa velocidad.
  En dos segundos los han dejado atrás.
  Ella respira agitada. Deja caer la cabeza en el asiento y suspira. Intenta tranquilizarse, aunque parece que aún se siente nerviosa.
  Él está mayormente enfadado. No quiere abrir la boca pero es imposible resistirse. Le repatea esa clase de chicos y que a ella se le ocurran cosas semejantes, quiere pensar que hay una razón para que pasee por las calles a estas horas.
-          ¿Se puedes saber qué coño hacías por ahí? – escupe.
-          ¿Desde cuándo te importa lo que hago?
-          No me toques las narices, que puedo parar el coche y dejarte en tierra sin ningún remordimiento.
  Ella refunfuña. Él siempre consigue sacarla de quicio. Se hunde en el asiento del copiloto y se cruza de brazos. Clava la mirada en el frente, en las rayas de la carretera que parecen dejarlos atrás. Ahora ya no van tan rápido. La música inunda el vehículo, se pregunta de dónde vendrá el chico.
-          Bueno, ¿me lo vas a explicar o no?
-          No te importa.
-          Oh, perfecto – ni siquiera se esfuerza en ser sarcástico –. Al menos, deberías darme las gracias, si no fuese por mí te estarían violando.
-          Gracias – farfulla y lo fulmina con la mirada. Prefería que fuese cualquier otra persona la que la hubiera “rescatado”, no quiere deberle nada.
-          Creía que dormías en casa de tu amiga. Te la vas a cargar cuando se lo diga a Víctor, bueno, no creo que haga falta que yo diga nada, te la cargarás tú solita cuando entres en casa. 
- Déjame en paz.
•••
  Da un portazo cuando sale del coche. Una ráfaga de viento le da en plena cara y la despeina, la cala hasta los huesos. No tiene miedo de una regañina cuando entre en casa, aunque tal vez estaría bien tenerlo, al menos un poco.
  Él sale del coche y se apoya en el capó. Sonríe. Está encantadora cuando se enfurruña; camina con los puños apretados, apurando el paso. Se muerde el labio y se pasa una mano por el pelo antes de llamarla:
-          Eh – se gira a verlo, intenta fulminarlo con los ojos. El viento hace que él  entrecierre los ojos -. Lo he pensado mejor, puedes dormir esta noche en mi casa y no cargártela. 
-          No quiero tu compasión, Andrew. Gracias – vuelve a girarse pero no llega a caminar antes de que él prosiga.
-          No he dicho que sea compasión, es un trato.
  Silencio. Ella vuelve a mirarlo, frunce el ceño y ladea la cabeza, intentando encontrar la trampa. Él no aparta su mirada.
-          ¿Qué clase de trato? – Lo dice muy lentamente, como suponiendo una respuesta que no quiere escuchar.
-          Puedes dormir en casa mientras prometas contestar a todas mis preguntas.
-          ¿Me he perdido algo? ¿Desde cuándo te intereso?
-          Yo no he dicho que me interesases.
  Ella mira la fachada de la casa. El miedo al castigo comienza a aumentar, ni siquiera sabe qué se inventará cuándo Víctor la interrogue. Suspira. Luego lo mira, hace un gesto con las cejas, instándole a que conteste de una vez.
-          Está bien – camina hacia el coche, aunque la casa de Andrew se encuentre justo enfrente de la suya -. Seguro que me acabo arrepintiendo.
-          Siempre es un placer hacer negocios contigo – intenta estrechar la mano a la chica.
-          Cállate.
 •••
  Se sienten como ladrones, o por lo menos ella. Es la primera vez que entra en su casa y es incapaz de parar de mirar a los lados, inspeccionando. Son muchas las veces que lo ha visto salir de allí, a veces discutiendo, otras riendo.
  Suben las escaleras en el silencio. Andrew abre la puerta de su habitación. Ella contiene la respiración y abre los ojos como platos.
-          Tranquila, prefiero dormir en el suelo antes que contigo.
  Respira aliviada pero casi una hora después se siente un poco egoísta al verlo en el sillón con una manta y la vista fija en algún sitio del suelo. Tal vez no estaría demás haberse ofrecido a ser ella la que durmiese en el sillón, pero el orgullo le puede.
  Él eleva la mirada y la clava en ella. La poca luz que entra hace que solo pueda ver su silueta bajo las mantas y, a veces, el reflejo de sus ojos. No le importa que ella lo descubra viéndola, en realidad, nunca le ha importado lo que los demás piensen sobre él y lo que hace.
-          ¿Has discutido con tu amiga? – le pregunta de pronto.
-          ¿Qué?
-          Recuerda, juraste contestar a todo.
  Ella resopla. Baja un poco las mantas, echa un brazo por fuera.
-          No, no he discutido con ella.
-          Entonces, ¿qué hacías sola? – pero pronto ve por dónde van los tiros. Entrecierra los ojos - ¿De verdad estabas en su casa?
-          No – ella odia ese estúpido juego. No le hace gracia que sea él quien sepa la verdad, puede chantajearla a la larga.
-          ¿De dónde venías?
-          De casa de Chris.
-          ¡¿De tu novio?!
-          Sí, ¿de qué te sorprendes?
  Abre los ojos bastante y hace un gesto extraño con las cejas. Se pasa las manos por el pelo y por la cara. Está más que atónito. Ella no sabe qué cara poner.
-          ¿Has discutido con él?
-          No.
-          Pues, ¿por qué coño ibas por ahí a esas horas?
-          Cuando me invitó a su casa creyó que sus padres no volverían hasta mañana pero, en medio de la noche, lo llamaron y le avisaron de que iban a volver – hace una mueca con la nariz, luego pestañea rápido -. La verdad es que ni siquiera sé por qué lo llamaron, el caso es que prácticamente me obligó a irme para que no me pillasen allí y él la pifiase.
-          Venga ya, ¿y fuiste tan gilipollas como para irte? Creía que eras más inteligente.
-          No tenía otra opción – empieza a cabrearla.
-          ¿Por qué no dejaste que la pifiase?
-          Ahora entiendo por qué no tienes novia.
  Silencio. Él ya no la mira. Ella no tiene ni idea de lo que le estará pasando por la cabeza.
-          ¿Y ahora qué? ¿Vas a dejarlo pasar, así sin más?
-          ¿Qué pretendes que haga? – La descoloca, la descoloca de verdad.
-          Y yo que sé. Piensa en qué hubiese pasado si yo no hubiese aparecido y podrías darle las gracias, no te jode. Se supone que te quiere, ¿no? Y sabe de sobra el ambiente que hay a estas horas por algunas calles ¿no tendría que haber preferido diez mil veces la bronca antes de que a ti te pasase algo? ¿Es que no tiene conciencia ni remordimientos?
-          Déjame en paz.
-          Sabes que tengo razón, eso es lo peor de todo – está serio. Es una de las pocas veces, por no decir la primera, que hablan en serio.
-          ¿Y qué quieres que haga? Dime.
-          Soy yo quien hace las preguntas.
•••
  No es que siga pensando en él, porque ha pasado tiempo y le ha demostrado lo suficiente, cosas como que la distancia ha podido vencerlos a pesar de las promesas, de todo lo que lucharon para mantenerse en pie después de los bache, pero es imposible no sentir nostalgia de vez en cuando, no soñar con él. Echa de menos sus manos, sus ojos, su forma de susurrar, bueno, lo echa de menos entero. Se acurruca dentro de la cama y necesita sus abrazos, su brazo rodeándole la cintura. Y le da pena… pena de que hubiesen sido capaces de dejar todo, sin más miramientos, olvidándose de todo el camino que habían recorrido juntos, pero no puede permitirse mantener una relación con alguien que no le da importancia a sus sueños, a sus metas, y, en consecuencia, a su felicidad.
  Da media vuelta y se da cuenta de que Andrew está a su lado, recuerda dónde ha dormido, la noche anterior. Duerme de cualquier forma. No tiene ganas de despertarlo, ni de echarlo de su propia cama. Se pregunta en qué momento de la noche se habrá decidido por dormir con ella. Respira fuerte. Ella sonríe sin darse cuenta. En el fondo, es un buen chico, piensa.
  Da un salto en la cama al escuchar, de pronto, la melodía del móvil y el ruido que hace al vibrar contra la mesilla de noche. Andrew gruñe y se tapa con las mantas, como si así pudiese ahogar el ring ring. Suspira y mira el nombre en la pantalla: Chris.
  Se pasa la mano por el pelo, peinándolo hacia atrás, y coge aire antes de contestar.
-          ¿Qué es lo que quieres ahora? Son las siete de la mañana.
-          ¿Cómo estás?
-          Tengo sueño – ella tiene ganas de cantarle las cuarenta. No sabe si es que la opinión de Andrew ha hecho mella en ella o si es que ella mismo ha reflexionado pero ahora los hechos parecen agravarse.
-          ¿Llegaste bien a casa? – se para – Porque estás en casa, ¿no?
-          No llegué a casa, Chris, y, de hecho, no lo estoy.
  Andrew asoma la cabeza de debajo de las mantas y susurra «¿qué quiere?» mientras frunce el ceño. Ella le hace un gesto con la mano para que se calle.
-          Dile que se vaya a la mierda – pronuncia el chico más alto, sin importarle que Chris lo oiga.
-          ¿Quién está contigo? ¿Dónde estás? – el tono de su novio se vuelve impaciente.
-          En la cama de Andrew.
  Y cuelga. Mira el teléfono durante un par de segundos y luego se echa a reír.
-          Menudo idiota – sonríe Andrew.
  Lo que no se esperan es que medio minuto después Kate, la hermana de Andrew, abra la puerta.
-          Oh, dios mío – dice y enseguida la cierra, sin darles tiempo a explicar nada.
  Él la mira un instante, luego sigue a lo suyo. Ella se indigna, frunce el ceño.
-          ¿No piensas hacer nada?
-          Que piense lo que quiera.
•••
  Kate mira nerviosa a su hermano cuando entra en la cocina, poniéndose una camiseta. Bosteza. Él hace como que no pasa nada. Kate no se atreve a preguntar, pone los cereales encima de la mesa.
  De pronto, él ríe.
-          Deja de mirarme así, ella ya se ha ido.
-          Papá se habría llevado una sorpresa al verla aquí. Bueno… yo también me la he llevado.
-          Ya ves.